El sol a las 1000 ya abrazaba. Pero seguía
siendo un día espectacular para emprender nuestra travesía.
Partiríamos desde el Arroyo "Las Conchas", a la altura
de La Picada y seguiríamos su curso hasta encontrarnos con la desembocadura
en el majestuoso Río Paraná, desde donde seguiríamos
hasta donde culminaría nuestro viaje en la playa del Club Atlético
Estudiantes.
Bajamos a "Ibaiaren Txapelduna" ("La Campeona del Río")
del auto, acomodamos todo en su interior y sin demorar demasiado, pero
tomando las precauciones debidas comenzó nuestra aventura...
Habiendo recorrido unos pocos metros, ya nos encontrábamos ansiosos
por conocer más y más. No dejábamos de deslumbrarnos
con el paisaje, las figuras dibujadas por el viento en las barrancas,
los colores del agua y el permanente canto de los pájaros de la
zona...
Nos detuvimos en una playa desde donde se podía apreciar la unión
del cielo con el arroyo y la Madre Tierra. A babor y dándole la
espalda dejábamos el campo del cual habíamos partido...
la calma del arroyo nos permitía seguir con nuestra travesía
sin mayor esfuerzo, ya que el viento se mostró amigable con nosotros
continuando su rumbo hacia otros pagos...
Esa playa nos pareció un buen lugar para probar nuestra suerte
como pescadores aficionados. No disponíamos de mucho tiempo, pero
advertimos que no era una zona de abundantes peces...
Continuamos remando entonces... el paisaje cambiaba poco a poco... las
barrancas pasaban de ser abruptas a más suaves... las playas ahora
eran más comunes. Estaban la mayoría con abundante vegetación.
En alguna de ellas se podía ver el ganado pastando, y porqué
no algunos echados a punto de comenzar su siesta...
Después de casi una hora de remo, y permanentes cambios de profundidades
propios de los arroyos, vislumbramos un pequeño banco de arena.
Atamos nuestro cabo y descansamos en el un rato, probando nuestra suerte
nuevamente con los peces, para no solo volver con el espíritu lleno...
Pero por la falta de cuidado, nuestra carnada ya era inútil...
había estado en el sol durante todo el trayecto por lo que estaba
totalmente descompuesta... sin carnada no había peces... solo mojarras...
aunque nos dábamos cuenta de como se burlaban saltando a nuestro
alrededor... Llevábamos un teléfono celular con nosotros,
con el cual nos comunicamos con nuestra familia que esperaba noticias
nuestra, y hora estimada de regreso... eran las 1150.
Ya por la zona de Villa Urquiza, llegando a la balsa (la cual no fotografiamos),
la fisonomía del paisaje comenzaba a cambiar nuevamente... Las
barrancas aparecieron a nuestros constados, y el arroyo se ensanchaba.
Sin carta náutica de la zona, pero con nuestro sentido de orientación
sabíamos que no estábamos con lejos de nuestro objetivo.
El agua cambiaba su color lentamente. Ahora era un verde más amarronado...
Luego de la balsa mágicamente como si hubiera sido decidido unánimemente,
a estribor muy poco forestado y a babor haciendo un gran y evidente contraste
los sauces se asomaban por encima del arroyo. Decidimos guarecernos bajo
la sobra de uno de estos, con intención de establecer contacto
con nuestra familia nuevamente... eran las 1345.
Al cabo de treinta minutos, retomamos nuestro viaje con muy poco agua
y algunos bizcochos que nos quedaban. El arroyo se ensanchaba cada vez
más y la profundidad se hacia estable. No sabemos con exactitud,
pero creemos que era tranquilamente navegable por embarcaciones de poco
calado (lanchas, veleros, etc.). El único problema era la balsa
que cortaba el paso por el arroyo para estas. El movimiento de los brazos
ya era automático y no sentíamos fatiga ni nada parecido.
La emoción vencía por sobre todas las cosas. Mas adelante
nos encontramos con un riacho a babor. Creemos que finalmente se trataba
del Arroyo Las Tunas. Navegamos un rato dentro de este pero no se aguantaba
el olor ni los mosquitos.
Comenzábamos a ver nueva vegetación, recodos, el cambio
de color del agua. En cada uno de estos recodos nos esperanzábamos
de ver el majestuoso Río Paraná, y remábamos con
todas nuestras fuerzas, pero al llegar era más de lo mismo. Hasta
que en un momento, cuando el agua ya era casi marrón completamente,
debíamos decidir nuestro camino. Frente a nosotros había
una bifurcación, donde cada rama tenía casi el mismo tamaño
de cauce, excepto por la que estaba a estribor que era un poco más
ancha. La corriente no nos indicaba cual seguir. Mirando al sol y sabiendo
que debíamos ir hacia el sudoeste elegimos el que estaba a babor.
Después de remar y remar un largo rato en ese angosto brazo vimos
una union con otro brazo, y con nuestra proa estábamos apuntando
hacia la desembocadura del arroyo...
Seguimos remando y paramos en una playita cerca de la Toma Vieja de agua
de la ciudad. Luego continuamos con más animo sabiendo que solo
faltaban unos pocos kilómetros. Ya eran las 1630, y no habíamos
mirado el reloj hasta ese momento.
A las 1730 llegamos al Club Atlético Estudiantes, donde nos esperaba
Laura, con dinero para unos pebetes y AGUA...
7 horas y media... Nada mal para la primera vez...
Luis Darío y Luis Ignacio
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